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(1955-1968)

Pese a que el país experimentó un desarrollo inédito con la creación de los sistemas regionales, lo cierto es que la estrechez del suministro eléctrico no dejó de ser un problema. Hacia mediados de los ‘50 se había llegado a la convicción de que las pérdidas sufridas por el país a causa de los racionamientos superaban con creces las inversiones requeridas para evitarlos y fueron reactivados esos proyectos que, a pesar de ser más lejanos, ayudaban a superar la situación de emergencia.

La primera obra de este tipo fue la central hidroeléctrica Cipreses (101,4 MW), ubicada en la hoya del Maule, en un punto equidistante de Santiago y Concepción. Sendas líneas de transmisión en 154 kV (Cipreses-Santiago y Charrúa-Itahue) conectaron en 1955 ambos centros de consumo, dando origen al Sistema Interconectado Central (SIC), que abarcaba desde La Ligua hasta Victoria.

A poco andar, en 1960, el SIC se extendería por el norte a Illapel y, dos años más tarde, con la línea Charrúa-Temuco, así como por la conexión de la central Pullinque (49 MW) con dicha línea y Puerto Montt, alcanzaría a la capital de la Región de los Lagos. En 1965 un cableado submarino (aéreo en la actualidad a causa de los cortes ocasionados por las fuertes corrientes de la zona) atravesó el canal del Chacao, llevando electricidad a la Isla Grande de Chiloé. Otro hito para el país fue la construcción de la primera línea de 220 kV, Rapel-Cerro Navia que, en 1966, conectó la Central Rapel para satisfacer la creciente demanda eléctrica de la zona central.

Gracias al desarrollo de la transmisión, el país contaba con un sistema eléctrico interconectado, amplio y más confiable que en décadas anteriores, poniendo al alcance de una gran mayoría la electricidad necesaria para emprender los principales desafíos de desarrollo económico y social del país.